Oráculo

En Norteamérica, los pueblos antiguos consideraban que la inteligencia cósmica, a la que ellos llamaban “el Gran Espíritu”, les guiaba a través de señales que buscaban en los entornos naturales, como podrían ser la configuración de las nubes o la aparición de ciertos animales por la zona.

Un hecho muy llamativo es que el código genético es prácticamente universal. Las plantas y los animales hablamos todos el mismo idioma, pero cada especie lo usa de una manera específica para conformar los distintos cuerpos de la diversidad universal. Eso explicaría la creencia de los pueblos antiguos de que el Gran Espíritu se fragmentó en la materia y en todo los seres vivos.

Cuando se fragmentó, dejó pistas distintas en cada una de sus partes para ayudarnos a recordar nuestra verdadera esencia, para entrar en contacto con ella y para regresar eventualmente a la conciencia de nuestra unicidad al derrotar al ego que nos mantiene separados.

Cada uno de nosotros, como fragmentos divinos que somos, tenemos un camino particular, estamos en distintos niveles de aprendizaje, tenemos lecciones específicas qué aprender y como almas nos hemos impuesto a nosotros mismos retos o misiones que pretendemos cumplir durante nuestro tiempo sobre la tierra. Por eso tenemos distintos animales de poder que con su ejemplo, su amor planetario y sabiduría nos guían y nos apoyan en todo aquello que nos corresponde lograr en cada etapa de nuestro largo camino.